hace dos años que kyunghwan y yo nos conocemos. es el primer surcoreano con quien tengo una relación cercana. quizás en los últimos dos meses hemos hablado el doble de lo que en estos dos años, y eso que no nos vemos todos los días, a pesar de que vivimos en la misma residencia. no sé si esto tiene que ver con que ahora bebe más alcohol que antes, y eso lo deshinbe, domina más la lengua que nos vincula, o simplemente tiene más ganas de hablar, hablarme.
a un par de meses de tomar rutas que nos separen radicalmente, me dice esta noche -tabaco francés y té japonés de por medio- que lo más importante de este tiempo no ha sido el descubrir varios países o crecer intelectualmentee (un espacio académico ha sido nuestro punto de encuentro), que la importancia de este tránsito radica en el poder de los encuentros. eres la primera ecuatoriana con la que he hablado en mi vida, me dice, y eso quizás no se repita, añade. me voy de europa con ese, como mayor descubrimiento... yo, que opino lo mismo, mientras le constato que para mí es igual, pienso en otro amigo, un italiano que conocí en bruselas y que reecontré aquí en parís y que muchas veces me ha hecho hincapié en el poder maravilloso de las coincidencias con personas aparentemente lejanas, extranjeras.
esta noche con kyunghwan terminamos hablando de comunismo, de lacan, de teatro, de viajes... de amor, de soledad, de insomnio, de poca certeza, de deleuze, de eso que es sentirse estúpido, de cómo falsificar un diploma, si no lográsemos obtener el nuestro. y hay risas, risas, risas nosotros tan diferentes y tan insoportablemente parecidos, me digo. nosotros. voy a su cuarto para utilizar el baño, mientras me aguarda en el salón... al salir, veo sus cosas, sus marcas, su olor y me pregunto si después de estos dos meses lo volveré a ver de nuevo en mi vida, volveré a coincidir con este ser tan insoportablemente diferente y parecido, con el que he pasado tantas modificaciones, tantas incertidumbres, tantas risas, tantos desplazamientos, tantos vinos. tanto de tanto.
a un par de meses de tomar rutas que nos separen radicalmente, me dice esta noche -tabaco francés y té japonés de por medio- que lo más importante de este tiempo no ha sido el descubrir varios países o crecer intelectualmentee (un espacio académico ha sido nuestro punto de encuentro), que la importancia de este tránsito radica en el poder de los encuentros. eres la primera ecuatoriana con la que he hablado en mi vida, me dice, y eso quizás no se repita, añade. me voy de europa con ese, como mayor descubrimiento... yo, que opino lo mismo, mientras le constato que para mí es igual, pienso en otro amigo, un italiano que conocí en bruselas y que reecontré aquí en parís y que muchas veces me ha hecho hincapié en el poder maravilloso de las coincidencias con personas aparentemente lejanas, extranjeras.
esta noche con kyunghwan terminamos hablando de comunismo, de lacan, de teatro, de viajes... de amor, de soledad, de insomnio, de poca certeza, de deleuze, de eso que es sentirse estúpido, de cómo falsificar un diploma, si no lográsemos obtener el nuestro. y hay risas, risas, risas nosotros tan diferentes y tan insoportablemente parecidos, me digo. nosotros. voy a su cuarto para utilizar el baño, mientras me aguarda en el salón... al salir, veo sus cosas, sus marcas, su olor y me pregunto si después de estos dos meses lo volveré a ver de nuevo en mi vida, volveré a coincidir con este ser tan insoportablemente diferente y parecido, con el que he pasado tantas modificaciones, tantas incertidumbres, tantas risas, tantos desplazamientos, tantos vinos. tanto de tanto.

1 comentarios:
Creo que es horrible sentirse un extranjero en cualquier tierra, lugar. Ni imaginar sentirse un extranjero en el lugar de nacimiento.
Tal vez todos nos sentimos extranjeros una que otra vez. Lo bueno es saber encontrarnos más allá de las diferencias, de los lujares, de las culturas, de la historia.
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