habitar una ciudad, la propia, la extranjera, la de paso. habitar un cuerpo, que muta, que mide 57 centímetros cuando entraste a este mundo, que con el paso del tiempo alargó un metro más, pero al que te adaptaste sin darte cuenta. habitar una casa, la de tus padres, la de la infancia; los otros departamentos que alquilaste, que alquilas, pero que son tuyos también, habitar esos corredores, esas escaleras, esas camas, esas sábanas, esas repisas, esos muebles, esos escritorios. habitar una lengua, la materna, una distinta, la que aprendiste para convivir en otro espacio. habitar un otro, un novio, un amante. deslizarse, sumergirse en ese otro cuerpo, reconocerlo y habitarlo como al propio. habitar el día, con su luz, con su actividad, con las responsabilidades; la noche con su dinámica distendida, con sus risas, en los espacios íntimos; habitar la madrugada, ese territorio extraño que se encuentra en el entre, que no es ni lo uno ni lo otro, que me altera, que me cambia las revoluciones, que me inmoviliza, habitar la madrugada como analogía exacta de la sensación que cargo en estos días en que estoy a punto de dejar esta historia, que estoy a punto de habitar una nueva...

1 comentarios:
A veces es difícil adaptarse a diferentes escenarios, pero creo que lo más difícil es habitarnos a nosotros mismos a diario. A mí me cuesta al menos.
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