
Ayer me acordé repentimente del parque Monceau, uno de los sitios que alguien en alguna ocasión me señaló como 'imprescindible' de París. Y como me restan tan pocos días aquí, decidí irme a explorarlo. A tres días del inicio del verano, un agradable sol inundaba las calles, así que me fui dispuesta a quedarme allí un rato largo. Me llevé en la cartera Rêves, de Walter Benjamin: un libro que recoge tanto sus sueños, a modo de relatos, como sus reflexiones teóricas sobre el mundo onírico, sobre los sueños colectivos... Entonces llegué, recorrí. Vi niños jugando, vi enormes espacios verdes. Un lago que atravesaba el parque. Vi un reloj a la entrada del sitio. Gente relajada, explorando la tranquilidad.
En medio del recorrido descubrí dos curiosidades. La primera, fue aquí donde descendió el primer hombre que se lanzó desde un globo de aire caliente, en 1797. La segunda, una pirámide de piedra, sin referencia alguna, hermosa. Gracias a internet, luego me enteré de que se trata de un vestigio de los masones que simboliza la eternidad.
Me echo en la hierba. Recuerdo que leí antes de salir que el duque Chartres cuando le pidió a Carmontelle que diseñara este parque le dijo que le haga un "país de ilusión". Saco de la cartera el libro de Benjamin y deambulo por sus lunas, sus noches, sus amantes, sus amaneceres, sus encuentros, sus pasadizos, sus sonidos que caben en sueños... Y así como las palabras resuenan, también lo hace el sitio: el globo, la pirámide, lo inmortal... y yo a punto de sustentar una tesis-proyecto que implica una obra que habla del tiempo-memoria; y yo destinada a emprender un nuevo viaje dentro de poquísimo, y, como si fuera poco, dispuesta al inicio de una historia definitiva en las artes que espero que no vea límites, ni territorios fijos, ni finales. El "país de la ilusión", ¡qué descubrimiento, qué confirmación!
En medio del recorrido descubrí dos curiosidades. La primera, fue aquí donde descendió el primer hombre que se lanzó desde un globo de aire caliente, en 1797. La segunda, una pirámide de piedra, sin referencia alguna, hermosa. Gracias a internet, luego me enteré de que se trata de un vestigio de los masones que simboliza la eternidad.
Me echo en la hierba. Recuerdo que leí antes de salir que el duque Chartres cuando le pidió a Carmontelle que diseñara este parque le dijo que le haga un "país de ilusión". Saco de la cartera el libro de Benjamin y deambulo por sus lunas, sus noches, sus amantes, sus amaneceres, sus encuentros, sus pasadizos, sus sonidos que caben en sueños... Y así como las palabras resuenan, también lo hace el sitio: el globo, la pirámide, lo inmortal... y yo a punto de sustentar una tesis-proyecto que implica una obra que habla del tiempo-memoria; y yo destinada a emprender un nuevo viaje dentro de poquísimo, y, como si fuera poco, dispuesta al inicio de una historia definitiva en las artes que espero que no vea límites, ni territorios fijos, ni finales. El "país de la ilusión", ¡qué descubrimiento, qué confirmación!

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